Su nombre es Beatriz Mabel, pero siempre la llamaron por el segundo nombre. Nunca supe bien por qué.
En 1995 estuvo más de treinta días en terapia intensiva por una sepsis generalizada, una infección en todos los órganos. Salvó su vida de milagro — no es una exageración, fueron las palabras exactas del cirujano. Cada vez que el médico venía a la sala de espera y llamaba a los familiares de Beatriz, nos acercábamos sin corregirlo. Todos la conocíamos como Mabel. Para mí, en ese umbral, nació Bety.
En febrero de 2026 nos fuimos de vacaciones a Miramar. Nunca habíamos viajado solos. Nuestra relación se enredaba muchas veces en torpezas, conflictos y silencios que no sabíamos desandar.
Apareció entonces la necesidad de construir algo juntos, aunque fuera pequeño, absurdo y completamente improvisado. Una complicidad. Un espacio artístico, como un vehículo para conectarnos de una manera que las palabras nunca habían logrado.
Empecé a fotografiarla como si fuera una actriz extraviada en la costa atlántica argentina. Le pedía que actuara. Que caminara por Miramar como una estrella improbable salida de una road movie: una mezcla de diva malhumorada y rockera sobreviviente de la zona sur de Rosario.
¿Importa si es verdad que fuma, que toma, que consume? Sus retratos empezaron a funcionar como un espejo deformado de mi propia vida. De mis excesos, las farras interminables, mis contradicciones, mis derrotas y cierta melancolía que me acompaña desde hace años. Tal vez por eso siento que en estas fotos mi vieja también soy yo.
Esta serie explora la posibilidad de narrarse a uno mismo a través de otro. Un trabajo sobre los vínculos, las marcas que dejamos en quienes amamos y las formas en que nuestras historias terminan mezclándose. Estas fotografías no intentan mostrar quién es mi madre. Intentan preguntarse quién soy yo cuando la veo.
Durante esos ocho días de viaje fuimos dos personas que improvisaban juntas una relación, al fin, posible. Nos reímos mucho, a veces de manera absurda. Como si actuar esas escenas frente a la cámara nos permitiera decir cosas que nunca habíamos sabido decirnos de otra manera. La ficción empezó, lentamente, a reparar algo real.
Las imágenes oscilan entre el documento y la puesta en escena porque así funcionan también los recuerdos familiares: nunca son completamente verdaderos ni completamente inventados. Quizás estén atravesados por el deseo, la dramatización, la culpa, el humor y la soledad.
Miramar aparece entonces como un espacio teatral. Un escenario donde conviven la ternura y el artificio, la melancolía y el humor. Un paisaje modesto donde una madre y un hijo intentan acercarse mientras representan, quizás sin saberlo, una pequeña obra sobre el tiempo, el ejercicio del amor y las formas extrañas que encuentran una madre y un hijo para poder volver a quererse.
En 1995 estuvo más de treinta días en terapia intensiva por una sepsis generalizada, una infección en todos los órganos. Salvó su vida de milagro — no es una exageración, fueron las palabras exactas del cirujano. Cada vez que el médico venía a la sala de espera y llamaba a los familiares de Beatriz, nos acercábamos sin corregirlo. Todos la conocíamos como Mabel. Para mí, en ese umbral, nació Bety.
En febrero de 2026 nos fuimos de vacaciones a Miramar. Nunca habíamos viajado solos. Nuestra relación se enredaba muchas veces en torpezas, conflictos y silencios que no sabíamos desandar.
Apareció entonces la necesidad de construir algo juntos, aunque fuera pequeño, absurdo y completamente improvisado. Una complicidad. Un espacio artístico, como un vehículo para conectarnos de una manera que las palabras nunca habían logrado.
Empecé a fotografiarla como si fuera una actriz extraviada en la costa atlántica argentina. Le pedía que actuara. Que caminara por Miramar como una estrella improbable salida de una road movie: una mezcla de diva malhumorada y rockera sobreviviente de la zona sur de Rosario.
¿Importa si es verdad que fuma, que toma, que consume? Sus retratos empezaron a funcionar como un espejo deformado de mi propia vida. De mis excesos, las farras interminables, mis contradicciones, mis derrotas y cierta melancolía que me acompaña desde hace años. Tal vez por eso siento que en estas fotos mi vieja también soy yo.
Esta serie explora la posibilidad de narrarse a uno mismo a través de otro. Un trabajo sobre los vínculos, las marcas que dejamos en quienes amamos y las formas en que nuestras historias terminan mezclándose. Estas fotografías no intentan mostrar quién es mi madre. Intentan preguntarse quién soy yo cuando la veo.
Durante esos ocho días de viaje fuimos dos personas que improvisaban juntas una relación, al fin, posible. Nos reímos mucho, a veces de manera absurda. Como si actuar esas escenas frente a la cámara nos permitiera decir cosas que nunca habíamos sabido decirnos de otra manera. La ficción empezó, lentamente, a reparar algo real.
Las imágenes oscilan entre el documento y la puesta en escena porque así funcionan también los recuerdos familiares: nunca son completamente verdaderos ni completamente inventados. Quizás estén atravesados por el deseo, la dramatización, la culpa, el humor y la soledad.
Miramar aparece entonces como un espacio teatral. Un escenario donde conviven la ternura y el artificio, la melancolía y el humor. Un paisaje modesto donde una madre y un hijo intentan acercarse mientras representan, quizás sin saberlo, una pequeña obra sobre el tiempo, el ejercicio del amor y las formas extrañas que encuentran una madre y un hijo para poder volver a quererse.